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Tanto profanos en la materia como la comunidad científica reaccionaron con una severa desconfianza hacia los «testigos» expertos, y la imagen de la jurisprudencia médica quedó manchada durante años. La astuta mente de Locard, su imaginativo estilo y su reputada integridad hicieron de aquel laboratorio de Lyon una entidad altamente respetada, en la que se formó un buen número de científicos forenses de primer orden, entre ellos el criminólogo sueco Harry Soderman. Al enterarse de las noticias, un chófer de apellido Matthews contó a la policía que un amigo de la familia, llamado Franz Müller, le había regalado a la hija de diez años de Matthews un joyero para que jugase con. A disposición del investigador existían en la época tablas en las que figuraban, de manera más o menos exacta, el tamaño y la forma de los corpúsculos sanguíneos de seres humanos y diversos animales. Como apunta Sherlock Holmes en La aventura de los seis napoleones. Mucho antes de que el crimen se convirtiera en objeto de estudio científico, la evidencia física y biológica de los hechos que el hombre no podía explicar se observaba y se comentaba, pero sólo se interpretaba a través de la túrbida lente de la superstición. Qué vergüenza debieron de haber sentido los grafólogos que analizaron los garabatos que el entonces primer ministro inglés Tony Blair había dejado en su mesa en el Foro Económico Mundial de Davos. Interpretar aquellos datos exigía buen conocimiento de las ciencias naturales. A pesar de que andaba ya por los setenta, parecía al menos veinte años más joven. En el intento de garantizar un juicio justo, al jurado no se lo informó de un descubrimiento adicional que la policía había realizado: la primera mujer de Barlow había muerto de manera similar hacía algunos años. Los investigadores forenses de orientación científica examinan la tinta, el papel, el tipo de letra y otras características de los escritos, suelen tomar fotografías que luego se amplían para poder observar discrepancias minúsculas, y son sabiamente precavidos a la hora de emitir conclusiones. Higham, Charles,The Adventures ofConan Doyle: The Life of the Creator of Sherlock Holmes,. Se trataba de la moderada exposición de un concepto que causó una revolución en la investigación criminalística. Sin embargo, el niño no fue capaz de confesar dónde habían enterrado los restos de la joven desaparecida. ante lo cual el chico se puso pálido y salió corriendo. Hasta comienzos del siglo XIX, las condenas por envenenamiento dependían de la evidencia circunstancial y de las confesiones obtenidas bajo tortura. «Las heridas eran infames escribió Fabian más tarde, en sus memorias. A eso de las once menos cuarto, el señor Borden regresó a casa y se tumbó en el sofá del salón para echar una siesta.

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Stevens, Serita Deborah, y Anne Klamer, Deadly Doses: A Writer's Guide to Poison, Writer's Digest Books, Cincinnati, 1990. Haggard, Howard.,Devils, Drugs and Doctors: The Story of the Science of Healing from MedicineMan prostitutas baleares prostitucion legal to Doctor, Harper and Row, Nueva York, 1929.

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